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domingo, 20 de marzo de 2011

TIBURÓN (Jaws)


Tiburón es la película que nos descubrió de nuevo a los escualos para repoblar nuestra franja de mounstruos míticos, esos indeseables amigos que preferimos tener encerrados bajo llave y tres candados. El más terrorífico de los animales del mar se posó como proyecto en la manos de Steven Spielberg, y por suerte no las dejó hasta que la película fue un hecho, en varias ocasiones, y no pocas, el proyecto se había visto amenazado por los problemas que acarreaba  grabar en el már. Más que nada, porque Jacques Custeau no tenía que que grabar con una enorme maqueta en el mar, porque no tenía que mantener actores en el mar esperando simplemente a que esa embarcación o velero que se ve allá en el horizonte no salga dentro del plano. Cuando empezaba lo bueno de verdad se hacía de noche y a otra cosa mariposa.
Todos estos problemas fueron subsanados por un joven de 28 años, era los que tenía Steven Spielberg cuando rodó Tiburón. Universal pictures había depositado mucha confianza en él, era uno de sus jóvenes talentos. Había empezado en la televisión, le habían dado la oportunidad de grabar una película modesta para emitir en prime time. Se trataba de “Duel” (El diablo sobre ruedas). En ella Spielberg derrochó talento por los cuatro costados, incluso hoy en día, la vuelvo a ver, y aunque… la recuerdo de memoria, me vuelve a turbar, es impresionante para tratarse de un producto televisivo. 



Esto es lo mismo que debieron pensar los ejecutivos de la Universal para poner en manos de un principiante el presupuesto de Tiburón. Spielberg, ya con mucha visión comercial, puso una condición ineludible. La premisa es que el tiburón no apareciese hasta bien entrada la segunda parte de la película. No era tonto spielberg, no, sabía que en cuanto apareciese el tiburón eso se iba a convertir en una escopeta de feria. En esto se puede ver un atisbo de influencia hictchockiniana, tanto en cuanto prima más lo que se sugiere que lo que se muestra en realidad. El terror se hace más real cuando no lo ves venir y repentinamente te lo encuantras cara a cara.
En cuanto hace acto de presencia el tiburón, hay la famosa frase de “Necesitaremos una barca más grande”, cuando el jefe de policía ve por primera vez al gran tiburón queda asustado, pero hoy en día si que se distingue la maqueta. Después esto se convierte en una persecuación barriobajera del animal por parte de un bióligo idealista que puede poner en peligro a la tripulación por su interés exacerbado, un loco lobo de már obsesionado por los tiburones, algo así como el capitán Ahab y la ballena Moby Dick. El jefe de Policía se ve envuelto en esta loca aventura, arrestado por los otros dos.



Y es que la animadversión de estos dos personajes era producto de una animadversión personal entre los dos actores, con dos formas distintas de enfrentares al papel, pero en conjunto el resultado es magnífico, porque el odio que se ve en pantalla es real, y lo mejor es que es fundado. Robert Shaw, era uno de esos actores de renombre inglés, pero sin mucho nombre en Hollywood, con lo cual representaba la alternativa idónea para representar al capitán Quint. 



Fue uno de los grandes baluartes de la producción, incluso fue partícipe activo del guión. No sé si os acordáis, pero en una escena están discutiendo por quién tiene la cicatriz más grande y en esta, el capitán Quint, suelta una historia que por otra parte era verídica, la del “U.S.S INDIANAPOLIS”, un barco que naufragó y fue pasto de los tiburones. Esta historia fue difícil de encagar por el escritor de la novela, Peter Benchley y el guionista John Millius, que no daban encontrado el punto adecuado de unión, pero a veces, los actores en su fase de creación del personaje tienen estas luces de dar con el tono justo que se necesita. Al día siguiente, aparece Robert Shaw con unas líneas escritas por el mismo en las que convence a todos por igual. La irresponsable jactancia del viejo lobo de mar aderezada con una chulería le que se sabe ganador de mil batallas, iba a ser los elementos esenciales del personaje. No en vano es lo que se necesita, en una situación de histeria creada aposta por Spielberg, hace falta un hombre de ideas claras y decidida capacidad de resolución. Este iba a ser el capitán Quint. Por otra parte, en una situación de pánico, siempre alguien que muestra estas actitudes y mucha verborrea sale erigido como líder (Véase Adolf Hitler).

AQUÍ PODRÁN ILUSTRAROS DEL USS INDIANÁPOLIS


El otro de la terna, Richard Dreyfuss, el biólogo. Es más racional, impulsivo, condescendiente…pero, como bien dice la frase, nuestro corazón está donde está nuestro tesoro. Su tesoro era el tiburón. A su modo, también era un trofeo de pesca. Al final todo parece que la caza del tiburón se convierte en una persecución donde cada uno tira por su lado y eso se convierte en río revuelto donde la ganancia es para el pescador, osea, el tiburón.
Ahora viene esa parte que tanto me gusta, es la que en el cine, un defecto provoca una obra de arte. Esas escenas que mantenían al tiburón debajo del agua, donde solo se enfocaban desde el fondo las piernas de los bañistas, más que el fruto del genio fueron producto de la imaginación ante un problema. El problema que subyace es que la primera maqueta de tiburón que tenía lista Spielberg, se fue al fondo, con lo que se las tenía que arreglar para continuar la película con tiburón. Gracias a Dios, esas escenas hoy en día forman parte del subconsciente icónico del cine.
Y es que esta presentación produce en nuestras cabezas un criterio deformado, intuitivo e inducido del tiburón. Con lo cual, cuando aparece nos aterroriza más.



Spielberg tiene un giño con su película de más éxito hasta el momento, “El diablo sobre ruedas”, es cuando explota el escualo y se va sumergiendo poco a poco en las aguas del mar. EL sonido de la mole cayendo a las profundidades es el mismo sonido que produce el camión de “El diablo sobre ruedas”, pasado eso sí por un filtro de sonido que simula el agua. Os podéis fijar si tenéis las dos películas para comparar.
A partir de esta película Hollywood se tomó más enserio la temporada estival para colocar sus mejores películas, es una tontería pero en los años sucesivos se notó una bajada de afluencia a las playas. La gente veía tiburones en todos partes.



Dice la historia, cuenta la leyenda que cuando John Williams vio la película a la que tenía que poner la banda sonora, se negó, porque pensaba que no tenía capacidad, entonces Spilberg le contestó que todos los compositores buenos habían muerto.
Bromas a parte, la banda sonora es una maravilla, quien no se mea de miedo al escuchar: Tam, tam… Tam, tam… Tam, tam, tam, tam, tam, tam, tam, tam, … Tirurííííííííííí´…